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La escuela de Hannah Arendt

LA ESCUELA SEGÚN HANNAH ARENDT: ¿PENSANDO EN LA CRISIS DE LA EDUCACIÓN?
«La educación como práctica de la libertad, al contrario de aquella que es práctica de la dominación, implica la negación del hombre abstracto, aislado, suelto, desligado del mundo, así como la negación del mundo como una realidad ausente de los hombres.»… – Paulo Freire
Artículo sobre el pensamiento educativo de la filósofa Hanna Arendt, publicada por Eirick Prairat, Profesor de Filosofía de la Educación, miembro del Institut Universitaire de France (IUF), Universidad de Lorena.
Por: Eirick Prairat
Hannah Arendt (1906-1975) es una figura importante de la filosofía política contemporánea. Como tal, sus trabajos sobre la cuestión totalitaria han tenido un eco considerable. Habiendo sido “Pensar sin trabas” uno de sus credos, naturalmente se enfocó en las misiones de la escuela y la formación de ciudadanos. Su reflexión sobre este tema, presentada en La crisis de la cultura , encuentra cierto número de debates actuales y merece ser leída nuevamente.
Estamos en el camino equivocado acerca de la escuela por tres razones principales, cree ella. La primera es creer que existe un mundo de niños y “que debemos en la medida de lo posible dejar que se gobierne (a sí mismo). Al pensar la infancia como una comunidad, distinta y opuesta a la de los adultos, los modernos llegan a perder el sentido de una labor educativa siempre atenta a un sujeto singular inscrito en un futuro singular.
La segunda razón es una observación: “bajo la influencia de la psicología moderna y de las doctrinas pragmáticas, la pedagogía se ha convertido en una ciencia de la enseñanza en general, hasta el punto de liberarse por completo de la materia a enseñar. Primacía de la forma sobre la sustancia, de la modalidad sobre el contenido, la escuela moderna olvidaría lo esencial: el conocimiento. Arendt lamenta que estos nuevos métodos se adoptaran tan rápidamente y “tan servilmente y sin sentido crítico. »
Pero eso no es todo. Habría en la postura de ciertos innovadores un rechazo al esfuerzo, peor aún, una especie de profesión de fe anti intelectualista, tal es la tercera razón principal por la cual estaríamos en el camino equivocado. El estudio se daña al convertirse en experimentación, manipulación o incluso fabricación. Es lo que recomiendan muchos innovadores: “Solo podemos conocer y comprender lo que hemos hecho nosotros mismos, y ponerlo en práctica en la educación es tan elemental como obvio: sustituir en lo posible, hacerlo para aprenderlo. Es más precisamente la figura del filósofo estadounidense John Dewey , impulsor del famoso “aprender haciendo” a quien se apunta aquí.
Donde hay comunidad humana, hay un mundo; donde hay gente, hay comunidad humana. “El papel de la escuela es enseñar a los niños sobre el mundo, y no (para) enseñarles (un) arte de vivir. El mundo es el conjunto de producciones, objetos y creaciones humanas. También son los discursos y los pensamientos los que se atan alrededor de estos objetos «hechos por el hombre».
Si la escuela es el lugar donde se presenta el mundo a los niños, es porque es un lugar intermedio “que se inserta entre el mundo y el ámbito privado que constituye el hogar. Ella prepara y organiza el pasaje porque uno nunca se permite estar solo en la contemporaneidad del mundo. En este sentido, el maestro es siempre un mediador entre el pasado y el presente, entre el hogar (la “domus”) y el mundo. De ahí el título original de su obra dedicada a la escuela y la cultura Entre el pasado y el futuro (Entre el pasado y el futuro) , sorprendentemente rebautizada en su versión francesa: La crisis de la cultura .
“Me parece, escribe de nuevo Hannah Arendt, que el conservadurismo, tomado en el sentido de conservación, es la esencia misma de la educación. Porque hay que tener claro que siempre estamos enseñando un mundo que ya pasó: «En el fondo, sólo educamos para un mundo que ya se salió de sus goznes o está a punto de salirse de él, porque eso es lo inherente a la condición humana que el mundo sea creado por los mortales para que les sirva de hogar por un tiempo limitado. «. Pero no nos preocupemos porque los «recién llegados» tienen precisamente la capacidad de introducir algo nuevo. Su maestro Heidegger se equivoca. Los hombres “no nacen para morir sino para innovar. »
Pero solo pueden innovar porque heredan un mundo más antiguo que ellos. “Es precisamente para preservar lo nuevo y revolucionario en cada niño que la educación debe ser conservadora; debe proteger esta novedad e introducirla como nueva levadura en un mundo ya viejo […]. El futuro no se enseña, se inventa en vivo, como se dibuja el camino en su recorrido.
Y, sin embargo, hay innumerables predicadores, adivinos y otros profetas. Pero estos charlatanes del futuro siempre venden futuros preparados. Los profetas, como ya decía Spinoza, no piensan mejor, imaginan “con más vivacidad”. Arendt ciertamente se habría suscrito. Pero sobre todo nada peor, para ella, que utilizar la juventud para promover el mundo con el que uno sueña. Esto es lo que hacen los regímenes totalitarios: esclavizar a la juventud para controlar su futuro. Afortunadamente, todavía los elude.
Un lugar “prepolítico”
Este lugar donde se explica el mundo, Arendt lo llama “prepolítico”. Es un lugar que precede, prepara e inicia. En definitiva, un lugar propedéutico. Es también un lugar marcado por relaciones asimétricas. No digamos «desigual» sino «asimétrico» porque este desnivel es de carácter antropológico. Por tanto, la relación educativa reclama legítimamente el ejercicio de una forma de autoridad que es, como decía Theodor Mommsen , “más que un consejo y menos que una orden”.
Pero notemos que lo que establece la autoridad del profesor no sólo está relacionado con su conocimiento y su pericia, sino también con el hecho de que es un testigo del mundo. “Aunque no hay autoridad sin cierta competencia, esta, por muy alta que sea, nunca puede engendrar autoridad por sí misma.
La competencia del docente consiste en conocer el mundo y en poder transmitir ese conocimiento a los demás, pero su autoridad se basa en su papel de responsable del mundo. Frente al niño, es un poco como si fuera un representante de todos los adultos, que le señalarían las cosas diciendo “este es nuestro mundo”. »
No hay educación sin autoridad . Abandonarlo sería confiar en la coerción o la manipulación. Pero, ¿qué forma debería tomar en sociedades como la nuestra, conquistadas por “la pasión por la igualdad” según la famosa fórmula de Tocqueville? Esta es una pregunta candente que Arendt nos da para reflexionar.
Una institución protectora
Si la escuela es una institución pública, es decir, abierta a todos ya todos y puesta bajo la tutela del Estado, no es por ello un lugar público. Ciertamente, un lugar público siempre es compartible, pero también es este espacio formidable donde todo puede ser visto y oído por todos. El niño debe ser protegido contra “la luz despiadada del dominio público”, porque no sólo es un recién llegado sino también un frágil sujeto en formación.
Hannah Arendt no deja de plantear la contradicción de los modernos que, por un lado, declinan cada vez más sutilmente la especificidad de la infancia y, por otro lado, quieren constantemente abrir la escuela a la vida de los adultos. “¿Cómo podíamos exponer al niño a lo que más que nada caracteriza al mundo adulto, es decir a la vida pública, cuando acabábamos de darnos cuenta de que el error de todos los métodos antiguos había sido considerar al niño como un pequeño adulto? Por supuesto, la escuela debe estar abierta al mundo, y no a la vida.
La escuela también debe proteger al mundo. Porque quien no haya descubierto y entendido el valor de las creaciones que pueblan el mundo puede destruir los Budas de Bamiyán, quemar a Van Gogh y Picasso o incluso destruir con un mortero la sublime ciudad de Palmira. Cualquiera que no haya ido a la escuela puede comportarse como esos salvajes de Luisiana de los que habla Montesquieu : “Cuando los salvajes de Luisiana quieren tener fruta, cortan el árbol al pie y recogen la fruta. »
Doble protección pues, y del niño y del mundo. “El niño necesita protección y cuidados especiales para evitar que el mundo lo destruya. Pero este mundo también necesita una protección que evite que sea arrasado y destruido por la ola de recién llegados que lo azota con cada nueva generación”. Proteger nunca es una palabra vacía en boca de Hannah Arendt.
Gracias a: Bloghemia abril 30, 2022

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El argumento de Tolstói para volverse vegetariano es irrebatible

Entre las decisiones de vida de León Tolstói, sin duda una de las más interesantes es aquella que le llevó a renunciar a los privilegios de su clase. Quizá no muchos sepan que Tolstói era miembro de la nobleza rusa y que por mucho tiempo ostentó el título de conde, el cual heredó de su padre. Con todo, aparentemente harto de la frivolidad de la aristocracia, dio la espalda a su posición y sus riquezas y abrazó una vida mucho más sencilla, pero llena de sentido; él, que atestiguó los horrores de la guerra y escribió sobre ellos, suscribió una ideología pacifista e incluso argumentó a favor de cierto anarquismo civilizado, en donde el individuo derruyera la enajenación que genera el Estado a favor tanto de su propia persona como del trabajo colectivo con sus coetáneos.
En su obra también es posible encontrar efectos de este cambio de vida, por ejemplo, un libro dedicado a comentar los Evangelios (el cual, anecdóticamente, Ludwig Wittgenstein leyó con interés cuando fue voluntario en la primera guerra mundial), además de otros escritos en torno a ideas filosóficas, espirituales e incluso teológicas orientadas a liberar al ser humano de la obediencia, los vicios y otros males que nos impiden desarrollar nuestro potencial, individual y colectivamente.
Como parte de esa forma de vivir (o, mejor dicho, de la congruencia natural que surge cuando una persona toma conciencia de su vida), Tolstói adoptó también una dieta libre de carne, una decisión lógica una vez que optó por combatir toda forma de violencia.
Como sabemos, salvo por los tiempos primitivos o en las épocas remotas de espiritualidad profunda, la historia del consumo de carne ha estado asociada casi siempre con distintos grados de sufrimiento hacia los animales, en prácticamente todas las etapas de su producción.
En “El primer paso”, un ensayo de 1891, Tolstói escribió:
Si alguien busca real y seriamente vivir una buena vida, lo primero de lo cual tendría que abstenerse por siempre es de consumir carne, porque, sin mencionar toda la excitación de pasiones que provoca ese tipo de alimento, su consumo es simplemente inmoral, en la medida en que involucra la realización de un acto que va en contra de todo sentido moral: matar.
No se puede fingir ignorancia, porque no somos avestruces; no podemos creer que, si no miramos, no sucederá lo que no queremos ver. Más imposible aún es no querer ver lo que comemos.
Personas jóvenes, amables, intachables –especialmente mujeres y niñas, sin saber cómo esto se sigue lógicamente, sienten que la virtud es incompatible con los filetes de ternera y, tan pronto como desean ser buenas, abandonan el consumo de carne.
Como podemos ver, Tolstói enmarca esa elección de dieta en una forma de vida mucho más amplia que, brevemente, podemos caracterizar por su orientación hacia la virtud, una “vida moral”, según dice en esa misma sección de su ensayo. Él mismo, por otro lado, acepta que no es necesario dejar de comer carne para ser buenos, pero al mismo tiempo sugiere que una vez que se toma conciencia de ciertos aspectos de la existencia, la coherencia misma de este “despertar” conduce a modificar la manera en que vivimos, en pequeñas acciones quizá, y en otras de mayor trascendencia, pero en cualquier caso guiadas por esa voluntad moral del bien vivir. Nos dice Tolstói:
¿Qué quiero probar? ¿Acaso que los hombres, para ser buenos, deben cesar de comer carne? No.
Quiero solamente demostrar que, para conseguir llevar una vida moral, es indispensable adquirir progresivamente las cualidades necesarias, y que de todas las virtudes, la que primero hay que conquistar es la sobriedad, la voluntad de dominar las pasiones. Tendiendo hacia la abstinencia, el hombre seguirá, necesariamente, cierto orden bien definido, y en el tal orden, la primera virtud será la sobriedad en la alimentación, el ayuno relativo.
Para cerrar esta nota quisiéramos decir que cada persona es libre de hacer lo que le plazca con los alimentos que consume; sin embargo, eso no es cierto. La libertad no es algo que se nos da en el mundo, que tenemos de facto, sino más bien algo que se construye personalmente, en función de las propias circunstancias. ¿Te has preguntado cuántos de tus hábitos alimenticios están determinados por los intereses de una empresa, por ejemplo? ¿De dónde nos viene la idea de que el desayuno es la comida más importante del día o que el cuerpo humano necesita comer carne para mantenerse saludable? No es sencillo hablar de libertad cuando hay tantos factores inmiscuidos en un “simple” hábito alimenticio.
Más allá del vegetarianismo, el argumento de Tolstói también puede tomarse como una invitación a reflexionar sobre el curso de nuestra existencia, si está orientado a lo que de verdad queremos para nuestra vida.

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Meditación para niños

ESTO ES LO QUE SUCEDE CUANDO UNA ESCUELA CAMBIA CASTIGOS POR SESIONES DE MEDITACIÓN
Por: Jimena O. (Pijama Surf)
La lógica del castigo es ciertamente cuestionable, especialmente cuando se pueden realizar actividades formativas mucho más positivas que sirven para mejorar holísticamente la conducta. Desde hace dos años la escuela Robert W. Coleman implementó un programa de meditación en colaboración con la Holistic Life Foundation, el cual está pensado para reemplazar el tiempo que pasaban los alumnos en detención. Esta práctica típica de las escuelas estadounidenses hace que los alumnos pasen tiempo después de clases o en los recreos haciendo tarea o alguna otra actividad poco popular entre los chicos como castigo por mala conducta.
La escuela y la fundación implementaron lo que llaman «Mindful Moment Room» (la habitación de la atención plena). En este lugar, forrado de almohadas moradas y lámparas, con un aire de confort oriental, los estudiantes meditan y luego platican con sus instructores sobre su conducta. Los estudiantes aprenden técnicas de respiración y de observación de su mente, las cuales pueden usar también durante clases o antes de sus exámenes.
Según la escuela Robert W. Coleman, en dos años con el programa se han evitado cualquier tipo de suspensión, mejorando claramente la disciplina en la escuela. Y, según lo que comentan los alumnos, también fuera de ella. Un estudiante dice: «Esta mañana cuando me enojé con mi papá, me acordé de respirar y no le grité». Otro explica: «Cuando todos alrededor de ti están haciendo mucho ruido, sólo trata de dejar de escucharlos… sé tu mismo y haz tu respiración».
Los beneficios de la meditación y de la corriente secular que se ha llamado «mindfulness» han sido demostrados ampliamente por diversos científicos. Sin embargo, ha sido difícil enseñar a los niños a meditar en parte porque la meditación es percibida como una actividad aburrida, especialmente en comparación con el entretenimiento de fácil y ubicuo acceso que permiten los gadgets. Sin embargo, educadores que han experimentado con la meditación mantienen que esta resistencia sólo es superficial y una vez que se logra captar la atención de los niños, la meditación suele ser recibida positivamente. Se trata, en buena medida, de saber presentar estas prácticas de manera divertida o convincente (no se debe olvidar que los niños son inteligentes). Es por ello que esta iniciativa es interesante, ya que además de estar diseñada para ser atractiva para los niños tiene la ventaja de que la meditación es recibida de manera positiva, pues se cambia por un periodo de castigo, entonces esto genera cierto entusiasmo. Así no sólo se logra educar el pensamiento discursivo de los niños con información, también se crea un fundamento para la educación de la mente en sus aspectos emocionales y de control de la atención.
Gracias a pijama surf

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Primer poeta Afroamericana

Llegó como esclava, y se convirtió en poeta. Primera afroamericana en publicar un libro en Estados Unidos.
“Fue llamada Phillips, porque así se llamaba el barco que la trajo, y Wheatley, que era el nombre del mercader que la compró. Había nacido en Senegal. En Boston, los negreros la pusieron en venta:
-¡Tiene siete años! ¡Será una buena yegua!
Fue palpada, desnuda, por muchas manos.
A los trece años, ya escribía poemas en una lengua que no era la suya. Nadie creía que ella fuera la autora. A los veinte años, Phillips fue interrogada por un tribunal de dieciocho ilustrados caballeros con toga y peluca.
Tuvo que recitar textos de Virgilio y Milton y algunos pasajes de la Biblia, y también tuvo que jurar que los poemas que había escrito no eran plagiados. Desde una silla, rindió su largo examen, hasta que el tribunal la aceptó: era mujer, era negra, era esclava, pero era poeta.”
Phillis Wheatley, fue la primera escritora afroamericana en publicar un libro en los Estados Unidos.

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La resolución de la esperanza

Texto del psicólogo social, sociólogo, y filósofo humanista Erich Fromm, publicado en su libro «La revolución de la esperanza»
Por: Erich Fromm
La esperanza es paradójica. No es ni una espera pasiva ni un violentamiento ajeno a la realidad de circunstancias que no se presentarán. Es, digámoslo así, como el tigre agazapado que sólo saltará cuando haya llegado el momento preciso. Ni el reformismo fatigado ni el aventurerismo falsamente radical son expresiones de esperanza. Tener esperanza significa, en cambio, estar presto en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida. Carece, así, de sentido esperar lo que ya existe o lo que no puede ser.
Aquellos cuya esperanza es débil pugnan por la comodidad o por la violencia, mientras que aquellos cuya esperanza es fuerte ven y fomentan todos los signos de la nueva vida y están preparados en todo momento para ayudar al advenimiento de lo que se halla en condiciones de nacer.
Entre las confusiones que existen en derredor de la esperanza, una de las más grandes es no poder distinguir la esperanza consciente de la inconsciente. Esta es una falla que ocurre, desde luego, en relación con otras muchas experiencias emocionales, como la felicidad, la angustia, la depresión, el aburrimiento o el odio. Es sorprendente que a pesar de la popularidad de las teorías de Freud su concepto de lo inconsciente haya sido tan escasamente aplicado a dichos fenómenos emocionales. Existen para ello, quizás, dos razones principales. Una es que en los escritos de algunos psicoanalistas y de algunos «filósofos del psicoanálisis» el fenómeno entero de lo inconsciente —esto es, de la represión— se refiere a los deseos sexuales, y emplean represión —equivocadamente— como sinónimo de supresión de los apetitos y actividades sexuales, privando así a los descubrimientos de Freud de algunas de sus consecuencias más importantes. La segunda razón radica probablemente en el hecho de que para las generaciones posvictorianas es mucho menos inquietante percatarse de sus apetitos sexuales reprimidos que de experiencias tales como la enajenación, la desesperanza o la avaricia. Para dar sólo uno de los ejemplos más obvios: la mayor parte de la gente no reconoce sentir miedo, fastidio, desesperanza o soledad; es decir, son inconscientes de tener estos sentimientos. Y por una simple razón.
Según el patrón social, se supone que el hombre de éxito no tiene miedo ni se siente solo o aburrido. Este mundo debe ser para él el mejor de los mundos. Por lo mismo, a fin de estar en las mejores condiciones de promoverse debe reprimir tanto el miedo y la duda como la depresión, el aburrimiento y la falta de esperanza.
Hay muchos individuos que se sienten conscientemente llenos de esperanza y que inconscientemente les falta, y hay unos pocos para quienes esto es al revés. Lo que importa en la indagación sobre la esperanza y la desesperanza no es primordialmente lo que los individuos piensan acerca de sus sentimientos, sino lo que verdaderamente sienten. Esto difícilmente puede saberse por sus palabras y frases, pero puede detectarse por sus expresiones faciales, su manera de caminar, por su capacidad de reaccionar con interés ante algo que tienen enfrente y por su falta de fanatismo, que se revela en su aptitud para atender argumentos razonables.
El punto de vista dinámico que se aplica en este libro a los fenómenos sociopsicológicos difiere fundamentalmente del enfoque conductista descriptivo de la mayor parte de la investigación de la ciencia social. Lo que, desde el punto de vista dinámico, nos interesa primariamente no es saber lo que una persona piensa o dice, o cómo se comporta ahora. Lo que nos interesa es su estructura de carácter, esto es, la estructura semipermanente de sus energías, las direcciones en que se canalizan y la intensidad con la que fluyen. Si conocemos las fuerzas impulsoras que motivan la conducta, no sólo comprenderemos la conducta presente sino que también podremos hacer conjeturas razonables acerca de la manera en que una persona actuará probablemente en circunstancias diferentes. Bajo el punto de vista dinámico, las «modificaciones» del pensamiento o la conducta de determinado individuo son cambios que pueden preverse en grado muy alto de conocerse la estructura de su carácter.
Muchas cosas más podrían decirse acerca de lo que la esperanza no es. Pero vayamos adelante y preguntemos ahora qué es. ¿Puede la esperanza ser descrita en palabras o únicamente puede ser comunicada en un poema o una canción, en un ademán, en una expresión facial o en un acto?
Como sucede con todas las experiencias humanas, las palabras son insuficientes para describir la experiencia. De hecho, en la mayor parte de las veces las palabras, por el contrario, la oscurecen, la despedazan y acaban por destruirla. Con demasiada frecuencia, mientras se habla del amor, del odio o de la esperanza, se pierde el contacto con aquello de lo que se supone que hablábamos. La poesía, la música y otras formas del arte son con mucho los medios más adecuados para describir la experiencia humana porque son precisos y evitan la abstracción y la vaguedad de las formas gastadas que se toman por representaciones idóneas de dicha experiencia.
No obstante, a pesar de estas serias limitaciones, no es imposible expresar la experiencia de sentimientos con palabras no poéticas. Resultaría, en verdad, imposible si el interlocutor no compartiese en ninguna forma la experiencia de que se habla. Describir una experiencia significa indicar los diversos aspectos de la misma y establecer así una comunicación en la que escritor y lector, en este caso, saben que se refieren a la misma cosa. Para lograr lo anterior, debo pedir al lector que colabore, que labore conmigo, y no espere que le ofrezca una respuesta a su pregunta de lo que la esperanza es. Le ruego, pues, que ponga en movimiento su propia experiencia para que podamos iniciar el diálogo.
La esperanza es un estado, una forma de ser. Es una disposición interna, un intenso estar listo para actuar (activeness). El concepto de «actividad» descansa en una de las más difundidas ilusiones del hombre dentro de la moderna sociedad industrial. Toda nuestra cultura está impregnada de actividad en el sentido de estar ocupado, de tener ocupaciones (la ocupación que requieren los negocios). En efecto, la mayoría de la gente se halla tan «activa» que no soporta estar sin hacer nada, llegando incluso a convertir el llamado tiempo libre en otra forma de actividad. Cuando no estamos activos «haciendo» dinero, lo estamos paseándonos, jugando golf o charlando precisamente acerca de nada. A lo que tememos es al momento en que realmente no tenemos nada que «hacer». El que a esta clase de conducta se la llame actividad es mera cuestión de términos. Pero sí es inquietante que gran parte de la gente que cree que es muy activa no se dé cuenta de que es, en realidad, extremadamente pasiva a pesar de sus “ocupaciones”. Estos individuos requieren constantemente de estímulos externos, como la cháchara de la gente, las imágenes del cine, el trabajo u otras formas de excitación más emocionantes, así se trate sólo de una nueva conquista sexual. Necesitan ser incitados, “encendidos”, tentados, seducidos. Corren siempre sin parar jamás. Andan siempre “sucumbiendo” y nunca se levantan. Pero se imaginan que son enormemente activos, siendo que los empuja la obsesión de hacer algo para, así, huir de la angustia que provoca el enfrentarse a sí mismos.
La esperanza es un concomitante psíquico de la vida y el crecimiento. Si un árbol que no recibe los rayos del sol inclina su tronco hacia donde da el sol, no podemos afirmar que el árbol “espera” en el mismo sentido en que un hombre espera, puesto que la esperanza del hombre está relacionada con unos sentimientos y una consciencia que el árbol no puede tener. No obstante, no es una falsedad decir que el árbol espera la luz del sol y que expresa esta esperanza doblando su tronco hacia aquélla. ¿Sucede, acaso, de otra manera en el niño por nacer? Quizá no tenga consciencia, pero su actividad está expresando su esperanza de que nacerá y que respirará independientemente. ¿No espera el lactante el pecho de la madre? ¿Y el infante, acaso no espera mantenerse en pie y caminar? ¿No espera el enfermo ponerse bien, el prisionero quedar libre, el hambriento comer? ¿Es que no esperamos cuando nos acostamos que nos levantaremos al día siguiente? ¿Hacer el amor no implica que el varón tiene esperanza en su potencia, en su capacidad para satisfacer a su compañera, y que la mujer la tiene en responderle y en satisfacerlo a su vez?
La fe
Cuando la esperanza fenece, la vida termina, de hecho o virtualmente. La esperanza es un elemento intrínseco de la estructura de la vida, de la dinámica del espíritu del hombre. Se halla estrechamente ligada a otro elemento de la estructura vital: la fe. Esta no es una forma endeble de creencia o de conocimiento; no es fe en esto o en aquello. La fe es la convicción acerca de lo aún no probado, el conocimiento de la posibilidad real, la consciencia de la gestación. La fe es racional cuando se refiere al conocimiento de lo real que todavía no nace, y se funda en esa facultad de conocer y de aprehender que penetra la superficie de las cosas y ve el meollo. La fe, al igual que la esperanza, no es predecir el futuro, sino la visión del presente en un estado de gestación.
La afirmación de que la fe es certidumbre necesita una precisión. La fe es certidumbre en la realidad de la posibilidad, pero no lo es en el sentido de una predictibilidad indudable. El niño puede nacer muerto, puede morir durante el parto, o bien en las primeras dos semanas. Esta es la paradoja de la fe: ser la certidumbre de lo incierto. Certidumbre en cuanto visión y comprensión humanas, no en cuanto resultado final de la realidad. No se necesita, por ende, tener fe en aquello que puede predecirse científicamente ni en lo que es imposible. La fe se basa en nuestra experiencia de vivir y de transformarnos. Así, la fe en que los demás pueden cambiar deriva de la experiencia de que yo puedo cambiar.
Hay una importante diferencia entre la fe racional y la fe irracional. Mientras la fe racional es el resultado de la propia disposición interna a la acción (activeness) intelectiva o afectiva, la fe irracional es el sometimiento a algo dado que se admite como verdadero sin importar si lo es o no. El elemento esencial de toda fe irracional es su carácter pasivo, bien sea su objeto un ídolo, un líder o una ideología. Hasta el científico necesita liberarse de la fe irracional en las ideas tradicionales para tener una fe racional en el poder de su pensamiento creador. Una vez que su descubrimiento es «demostrado» ya no necesita tener fe, excepto en el próximo paso que dará. En el ámbito de las relaciones humanas, «tener fe» en una persona significa estar seguro de su centro, esto es, de que sus actitudes fundamentales permanecerán y no cambiarán. En el mismo sentido, podemos tener fe en nosotros mismos: no en la constancia de nuestras opiniones, sino en nuestra orientación básica hacia la vida, en la matriz de nuestra estructura de carácter. Semejante fe está condicionada por la experiencia de sí mismo, por nuestra capacidad para decir «yo» legítimamente, por la sensación de nuestra identidad.
La esperanza es el temple de ánimo que acompaña a la fe, la cual no podría mantenerse sin la disposición anímica de la esperanza. La esperanza no puede asentarse más que en la fe.
La fortaleza
Hay todavía otro elemento vinculado con la esperanza y la fe en la estructura de la vida: el coraje o, como Spinoza dice, la fortaleza. Quizá fortaleza sea un término menos ambiguo, ya que hoy en día coraje se emplea con mayor frecuencia para indicar más bien el valor ante la muerte que el valor para vivir. La fortaleza es la capacidad para resistir la tentación de comprometer la esperanza y la fe transformándolas —y, por ende, destruyéndolas— en optimismo vacío o en fe irracional. Fortaleza es la capacidad de decir «no» cuando el mundo querría oír un «sí».
Pero no se comprenderá plenamente lo que la fortaleza es a menos que mencionemos otro aspecto de la misma: la intrepidez u osadía. La persona intrépida no teme a las amenazas, ni siquiera a la muerte. Mas, como suele ocurrir, la palabra «intrépido» ampara varias actitudes completamente diferentes. Citaré sólo las tres más importantes. Un individuo puede ser intrépido, primeramente, debido a que no le importa vivir; para él, la vida no es muy valiosa. Por tanto, es intrépido cuando se ve enfrentado al peligro de morir; pero, aunque no tema a la muerte, puede tener miedo a la vida. Su intrepidez se basa, entonces, en su falta de amor a la vida. Por lo común, este tipo de individuos no es intrépido en modo alguno si no se halla en trance de arriesgar la vida. De hecho, busca con frecuencia situaciones peligrosas para eludir su temor a la vida, a los otros y a sí propio.
La segunda clase de osadía es la del individuo que vive sometido simbióticamente a un ídolo, sea éste una persona, una institución o una idea. Las órdenes del ídolo son sagradas y resultan mucho más apremiantes que ni siquiera las disposiciones de supervivencia de su mismo cuerpo. Si llegara a desobedecer o a dudar de las órdenes del ídolo, encararía el peligro de perder su identidad con éste; lo que significa que correría el riesgo de hallarse enteramente aislado y, de esta manera, al borde de la locura. El miedo a exponerse a este peligro lo hace preferir la muerte.
La tercera clase de intrepidez la encontramos en la persona totalmente desarrollada, que descansa en sí misma y ama a la vida. Quien se ha sobrepuesto a la avidez no se adhiere a ningún ídolo o cosa y, por lo mismo, no tiene nada qué perder: es rico porque nada posee, es fuerte porque no es esclavo de sus deseos. Este tipo de persona puede prescindir de ídolos, deseos irracionales y fantasías, porque está en pleno contacto con la realidad, tanto interna como externa. Y cuando ha llegado a una plena «iluminación», entonces es del todo intrépida. Pero si ha avanzado hacia su meta sin haberla alcanzado, su intrepidez no será completa. No obstante, quienquiera que trate de avanzar hacia el estado de ser él mismo plenamente sabe que se produce una inconfundible sensación de fuerza y de alegría en donde fuere que se dé un nuevo paso hacia la osadía. Siente como si hubiera comenzado una nueva fase de la vida. Y de esta suerte podrá experimentar la verdad de la frase de Goethe: «Ich babe mein Haus auf nichts gestellt, deshalb gehórt mir die ganze Welt.» [He puesto mi casa sobre nada, en vista de que el mundo entero me pertenece.]
La esperanza y la fe, siendo cualidades esenciales de la vida, se dirigen por su misma naturaleza a trascender el statu quo individual y social. Una de las características de la vida es que se halla en constante cambio y que en ningún momento permanece igual. La vida que se estanca tiende a desaparecer. Y si el estancamiento es completo, se produce la muerte. De aquí se sigue que la vida con su propiedad de cambio y movimiento tiende a romper y a superar el statu quo. Crecemos o más fuertes o más débiles, más sabios o más tontos, más valerosos o más cobardes. Cada segundo es un momento de decisión para lo mejor o para lo peor. Alimentamos nuestra pereza, nuestra avaricia o nuestro odio, o bien los dejamos morir. Cuanto más los cultivamos, tanto más fuertes crecen; y en la medida en que los descuidamos, se vuelven tanto más débiles.
Lo que vale para el individuo vale también para la sociedad. Esta jamás es estática: si no crece, decae; si no trasciende el statu quo hacia lo mejor, se desvía hacia lo peor. A menudo tenemos, la gente que conforma una sociedad o como individuos, la ilusión de que podríamos estar quietos y no alterar la situación dada en uno u otro sentido. Esta es una de las ilusiones más peligrosas. En el momento en que nos detenemos, comienza la decadencia.

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Historia Tibetana

 Háblame bajito.
Cuenta una Historia Tibetana, que un día un viejo sabio preguntó a sus seguidores lo siguiente: – ¿Por que la gente se grita cuando están enojados?
Los hombres pensaron unos momentos:
-Porque perdemos la calma – dijo uno – por eso gritamos.-
-Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? – preguntó el sabio – No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?
Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al sabio.
Finalmente él explicó:
-Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego el sabio continuó:
– ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente ¿por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.
El sabio sonrió y dijo:
– Cuando se enamoran más aún, qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aun más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo.
Así es cuan cerca están dos personas cuando se aman…
Luego dijo:
-Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, puede llegar un día en que la distancia sea tanta que no encuentren más el camino de regreso para estar juntos.

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Joseph Pulitzer

En  un día como hoy en, 1847, nació el periodista estadounidense Joseph Pulitzer, cuyo nombre acabó inspirando el premio de periodismo más prestigioso del mundo.
Los Premios Pulitzer son galardones por logros en el periodismo impreso y en línea, la literatura y la composición musical en los Estados Unidos de América. Fueron establecidos en 1917 según las disposiciones del testamento del editor estadounidense de origen judío y húngaro Joseph Pulitzer.
Los premios se otorgan cada año en veintidós categorías, incluyendo en ciertas ocasiones un reconocimiento especial adicional. En veinte de ellas, los ganadores reciben un certificado y 10 000 dólares en efectivo, mientras que el ganador en la categoría de servicio público del concurso de periodismo obtiene una medalla de oro.
Ahora todo el mundo conoce los famosos premios Pulitzer. Sin embargo poca gente conoce el personaje que hay detrás de ese apellido húngaro que cambió el mundo del periodismo.
El joven Joseph Pulitzer, emigró a Estados Unidos con tan sólo 17 años y sin saber ni una palabra de inglés. El pasaje se lo pagaron unos reclutadores norteamericanos que buscaban soldados para luchar en la guerra de Secesión. Al terminar la contienda, y para sobrevivir, Pulitzer desempeñó multitud de oficios, y acabó viajando como polizón a Saint Louis (Missouri), donde trabajó durante un tiempo como mesonero y aprendió inglés por su cuenta.
Pulitzer fue víctima de una estafa cuando respondió a un falso anuncio de empleo en el que se solicitaban jornaleros. Un periodista que trabajaba para el Westiche Post, un periódico publicado en alemán, descubrió el engaño y le pidió que escribiera una crónica relatando su experiencia. Y así lo hizo. Pulitzer contó como él y el resto de personas contratadas fueron abandonadas a 60 kilómetros de Saint Louis, y tuvieron que volver andando durante tres días y sin los cinco dólares de depósito que les habían pedido como fianza.
El director del periódico quedó impresionado con el articulo e inmediatamente lo contrató. Cuatro años después, Pulitzer dejó el periódico para estudiar derecho y ejercer como corresponsal para el New York Sun. Años más tarde, pudo comprar el Saint Louis Evening Post y el Evening Post, que refundó como el Post Dispatch. Pero sus ambiciones periodísticas no terminaron ahí. En 1887, adquirió el New York World, que se hizo famoso gracias a sus artículos sensacionalistas. Debido al éxito, lanzó una edición vespertina: The Evening World. Las dos ediciones incluyeron como novedad la publicación de tiras cómicas; la primera fue una tira titulada El chico amarillo, creada por el dibujante Richard F. Outcault.

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Opuestos

  • Hay dos clases de Silencio: uno que asfixia y ahoga, otro que oxigena, equilibra y armoniza…
  • Hay dos clases de Cansancio: uno tedioso y estéril, otro lleno de sentido, rico y fecundo…
  • Hay dos clases de Soledad: una que hasta “acompañada” destruye, otra que “sola o acompañada”, edifica, planifica y ¡REVIVE!…
  • Hay dos clases de Trabajo: uno que esclaviza y mutila, otro que vivifica, ilumina y libera…
  • Hay dos clases de Risa: una que ofende y agrede, otra que alegra, entusiasma y reanima…
  • Hay dos clases de Mirada: una que degrada y mutila, otra que enaltece, reconforta y sublima…
  • Hay dos clases de Relaciones: unas que aniquilan y envilecen, otras que logran el ‘milagro’ de hacer surgir lo mejor de nosotros mismos…
  • En la vida hay «dos clases» de todo o de casi todo y cada uno de nosotros, desde el fondo de nuestros corazones, sabemos con qué ‘clase’ de realidad decidimos Vivir …
  • La Vida no se nos da ‘de una vez’ y para siempre… La vida se nos da cada día, cada minuto, ‘cada instante’

Autor: Desconocido

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Los 4 objetivos que le dan sentido, significado y plenitud a la vida según el hinduismo

En mitad de todo el caos que supone existir y formar parte de la sociedad que nos ha tocado vivir, todos y todas nos hemos preguntado mil veces por el verdadero sentido de la vida, por aquello que entendemos que le da un sentido pleno. La respuesta está en el hinduismo.
Una parte importante de la sabiduría milenaria del hinduismo está condensada en su noción, depurushartha, o los propósitos de la vida humana. Desde tiempos remotos abundan en la literatura indiatratados sobre los cuatro tipos de actividades a las que una persona debe consagrarse para satisfacer todos los aspectos de su existencia, tanto colectiva como individualmente.
La clasificación es la siguiente: dharma (ley, deber), artha (medios (materiales) de existencia), kama (placer, amor) y moksha (liberación espiritual).
La riqueza de estos cuatro términos no se puede abarcaren este artículo. Se podrían escribir capítulos enteros solamente sobre la etimología y el campo semántico de estas palabras. Particularmente dharmayartha tienen numerosos y muy diferentes significados.
Dharma, según el contexto, puede significar ley, orden, religión, realidad, verdad, propósito, fenómeno, enseñanza, etc. Arthasuele significar cosa, objeto, objetivo, propósito, significado, materia, realidad, prosperidad, etc.
Sabemos, sin embargo, que en este es que madharmatienela connotación fundamental de deber, de seguir la ley, de cumplir con un rol establecido o una vocación para mantener la armonía de la sociedad, el cosmos y el individuo.
Arthaaquí tiene que ver con con el desarrollo de medios, con la riqueza material, con los aspectos de carrera, familia, con obtener los bienes materiales o mundanos para poder mantener eldharmay poder ejercer luego funciones elevadas como kamaymoksha.
El término kama generalmente significa deseo o amor (en el sentido de eros). En este esquema supone el disfrute de la madurez de la vida, desde los placeres conyugales hasta placeres sensuales como la comida o placeres estéticos como la poesía, la música y la danza.
Moksha significa liberación, emancipación, específicamente del ciclo de muerte y renacimiento del samsara. En la India existen diversas escuelas filosóficas que enseñan métodos y resultados distintos, pero la gran mayoría proponen el desapego y la contemplación como vías.
Esto genera una tensión en tanto que arthaykama suponen la búsqueda de bienes materiales y la indulgencia frente al deseo, lo cual contradice el ideal de la renuncia, pero existen numerosas formas de resolver estas tensiones.
Una de ellas es el esquema del caturvarga, igualmente ancestral. Este esquema divide la vida de una persona -generalmente, en la India antigua esto significaba un hombre de la clase brahmánica- en cuatro estadios.
El primero es el brahmacharyao estudiante célibe, el segundo es el grihasthao padre de familia(literalmente, el que está o tiene casa), el tercero es el vanaprasthao el que reside en el bosque, y el cuatro es el sannyasao renunciante.
Varios autores han querido mapear estos estadios con el purusartha. El  }Kamasutra, un texto dedicado alarthadel placer, señala famosamente:
«La vida de un hombre es de cien años. Dividiendo ese tiempo, uno debería atender a los tres propósitos de la vida de tal forma que se soporten mutuamente y no lo contrario. En la juventud se debería dedicar a cosas que le brinden provecho (artha), como los estudios, en la madurez al placer (kama) y en la vejez aldharmay almoksha».(Kamasutra, 1.2.1–1.2.4).
Otros han visto una correspondencia entre dharmay el estadio del brahmacarya, pues aquí se realiza el entrenamiento dentro de la ley y el orden social y se comienza a pagar la deuda con los ancestros. Esto significaría, sin embargo, que kamayartha estarían unidos en la segunda etapa y la tercera y la cuarta serían paramoksha.
Aunque no sin cierto debate, en general los textos indios enseñan que mokshaes por mucho el más importante de los cuatro estadios. Los textos con mayor prestigio suelen ser textos dedicados amoksha, tales como las Upanishad, los Brahmasutraso la Bhagavadgita. No obstante, las grandes épicas, el Ramayana y el Mahabharata, son textos universales en los cuales se abordan las cuatro actividades y objetivos de la vida humana.
Idealmente, el individuo pasaría primero por una etapa de estudio bajo la guía de su gurú, aprendería sánscrito, recitaría los Vedasy las diversas ciencias, cumpliría con los diversos rituales y sacrificios, incluyendo casarse y tener hijos. En esta etapa podría gozar de cierta refinación estética, pero siempre bajo el orden establecido (amor, pero bajo ley).
Al cumplir con su deber y al haber conocido la variedad del mundo, podría pasar a la auténtica consumación de la vida,encarnando la sabiduría: renunciar al mundo, encontrando la única libertad auténtica en la unidad con elBrahman, reconociendo que su alma es idéntica ala totalidad del universo (ante lo cual, incluso el más extenso reino mundano palidece).
En uno de sus últimos textos, el gran estudioso del pensamiento antiguo de la India y Grecia, Roberto Calasso hizo una mención sobre la sociedad ideal, probablemente haciendo eco del purusarthaindio.
Según Calasso una sociedad deseable sería aquella que no está ensimismada, sino que sirve «de soporte de otra cosa: contemplación, conocimiento, placer, arte».
Gracias a: “Pijama surf”

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Entre la Razón y el Infierno

Estos descubrimientos deben ser registrados, comentados según lo que son, anunciados al mundo para que el hombre tenga una idea precisa de su destino. Pero rodear estas terribles revelaciones de una literatura pintoresca o humorística, no es soportable.
Ya se respiraba con dificultad en un mundo torturado. Y he aquí que se nos ofrece una nueva angustia, que tiene todas las posibilidades de ser definitiva. Sin duda se le brinda al hombre su última posibilidad. La bomba atómica puede servir, en rigor, para una edición especial. Pero debiera ser, con toda seguridad, motivo de algunas reflexiones y de mucho silencio.
Además, hay otras razones para acoger con reserva la novela de ciencia ficción que los diarios nos ofrecen. Cuando se ve al redactor diplomático de la Agencia Reuter anunciar que esta invención vuelve caducos los tratados e incluso las decisiones de Postdam, señalar que es indiferente que los rusos estén en Koenigsberg o los turcos en los Dardanelos, no se puede evitar atribuirle a tal concierto intenciones bastante ajenas al desinterés científico.
Entiéndase bien. Si los japoneses capitulan después de la destrucción de Hiroshima y por efectos de la intimación, nos alegramos. Pero nos rehusamos a sacar de tan grave noticia otra conclusión que no sea la decisión de abogar más enérgicamente aún en favor de una verdadera sociedad internacional, en la que las grandes potencias no tengan derechos superiores a los de las pequeñas y medianas naciones, en que la guerra, azote hecho definitivo por el solo efecto de la inteligencia humana, no dependa más de los apetitos o de las doctrinas de tal o cual estado.
Ante las perspectivas aterradoras que se abren a la humanidad, percibimos aún mejor que la paz es la única lucha que vale la pena entablar. No es ya un ruego, sino una orden que debe subir de los pueblos hacia los gobiernos, la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la razón.
“Ya se respiraba con dificultad en un mundo torturado. Y he aquí que se nos ofrece una nueva angustia, que tiene todas las posibilidades de ser definitiva. Sin duda se le brinda al hombre su última posibilidad. La bomba atómica puede servir, en rigor, para una edición especial. Pero debiera ser, con toda seguridad, motivo de algunas reflexiones y de mucho silencio.”
Texto del filósofo francés y premio nobel de Literatura, Albert Camus, escrito dos días después de la caída de la bomba atómica en Hiroshima.
Por: Albert Camus
El mundo es lo que es, es decir, poca cosa. Es lo que desde ayer todos sabemos gracias al formidable concierto que la radio, los diarios y las agencias noticiosas acaban de desencadenar con respecto a la bomba atómica. En efecto, nos enteramos, en medio de una multitud de comentarios entusiastas, que cualquier ciudad de mediana importancia puede ser totalmente arrasada por una bomba del tamaño de una pelota de fútbol. Los diarios norteamericanos, ingleses y franceses se extienden en elegantes disertaciones sobre el porvenir, el pasado, los inventores, el costo, la vocación pacífica y los efectos bélicos, las consecuencias políticas y aun la índole independiente de la bomba atómica. En resumen, la civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo. Será preciso elegir en un futuro más o menos cercano entre el suicidio colectivo o la utilización inteligente de las conquistas científicas.
Mientras tanto, es lícito pensar que hay cierta indecencia en celebrar así un descubrimiento que se pone, primeramente, al servicio de la más formidable furia destructora de que el hombre haya dado pruebas desde siglos. Nadie, sin duda, a menos que sea un idealista impenitente, se asombrará de que, en un mundo entregado a todos los desgarramientos de la violencia, incapaz de ningún control, indiferente a la justicia y a la sencilla felicidad de los hombres, la ciencia se consagre al crimen organizado.

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