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¿QUÉ ES LA EDUCACIÓN (Y POR QUÉ LA MEJOR EXPLICACIÓN ES LA DE PLATÓN)?

Todos sabemos que la educación es de suma importancia, pero nos cuesta trabajo definirla. Con la educación ocurre un poco como con el tiempo, según explicaba San Agustín: uno sabe internamente a qué se refiere, pero cuando intenta explicar qué es, las palabras fallan. Para salir de este tipo de aprietos puede ser apropiado regresar a la etimología del término y a su historia intelectual. Actualmente usamos de manera un tanto suelta el término «educación» para referirnos a casi cualquier tipo de conocimiento que es enseñado y aprendido. Educación de esto u lo otro, pero el sentido original que aparece en Platón es algo distinto.

La primera mención significativa del término educación en el pensamiento occidental ocurre en La república, cuando Platón introduce la alegoría de la cueva, a la que llama «una analogía de la condición humana, de nuestra educación o falta de ella». En otras palabras, las personas que se encuentran encadenadas a la cueva observando las sombras que se reflejan en la pared, incapaces de percibir la luz directamente (la realidad, la verdad, el bien), son las personas que aún no reciben o completan su educación.
George Grant, uno de los más importantes filósofos en la historia de Canadá, describe esta situación:
La misma palabra educación nos recuerda la alegoría arquetípica de la cueva de Platón, en la que la existencia humana es descrita como el movimiento que va de las sombras y las imaginaciones de la ignorancia hacia la luz solar del conocimiento. No uso la palabra conocimiento, como se suele usar en nuestra era pragmática, para entender la manipulación del mundo para su propio propósito. La uso, en cambio, como eso que lleva al espíritu humano a un estado de conciencia de sí.
Este pasaje de Grant relaciona el significado literal de la palabra «educar» con el movimiento de la oscuridad a la luz o de la ignorancia al conocimiento. El verbo e-ducar significa literalmente «llevar» o «guiar» hacia afuera. Platón juega con esta idea de manera brillante: la filosofía es la educación -o el conocimiento liberador- que conduce hacia afuera de la cueva, de las ilusiones.
En otra parte del mismo texto el filósofo explica que la educación es un arte de orientación (literalmente, llevar hacia el oriente, hacia la luz) y la labor del educador consiste en hacer que las almas den vuelta (se transformen) y vayan hacia la luz (metastrephein). Esta operación es descrita y vinculada con la idea platónica de abrir el ojo del alma o el ojo de la mente, despertando la facultad suprema del intelecto (noesis). El ojo del alma, sin embargo, no es algo que debe crearse, sino más bien descubrirse o recordarse. Y aquí tenemos otra forma de entender qué es la educación: permitir que se desarrolle la capacidad innata del entendimiento de la realidad, una capacidad que no tiene una función meramente discursiva sino una finalidad soteriológica de primera importancia. Sólo desarrollando esta facultad, que es la esencia de la educación, podremos ser libres.
Así entonces, el significado de la educación toma un papel mucho más relevante y preciso que el que le asignamos hoy en día. Si bien en todas partes se reconoce la importancia de la educación, se suele pensar en ella de una manera opuesta a cómo Platón entiende el verdadero conocimiento. Hoy en día, educar suele ser enseñar una serie de conocimientos prácticos que conducen a fines instrumentales, a conseguir un trabajo y conseguir solvencia económica. Platón denuncia este tipo de conocimiento, propio de los «amantes del dinero», y lo diferencia de la filosofía, que es amor al conocimiento por sí mismo. Siguiendo la visión platónica, la auténtica educación sería el conocimiento que nos hace amar el conocimiento por sí mismo, que nos enseña cómo pensar y no en qué pensar.
El problema con la adopción de la noble visión educativa de Platón es que parte de una serie de premisas que la sociedad moderna no acepta fácilmente, pues sostiene que existe una verdad que yace oculta a nuestro intelecto, debido al condicionamiento de la sociedad y al imperio de la opinión. Y además, sitúa el sentido de la existencia humana como la trascendencia de esta condición a través del conocimiento.

Para la sociedad secular, aceptar la posibilidad de una verdad trascendente y un propósito existencial que va más allá de la vida material y su concatenación de procesos mecánicos es algo sumamente difícil, pues atenta contra las bases que le permiten funcionar como una sociedad secular en la que lo esencial es el crecimiento económico y en la que la verdad -a diferencia del hecho o dato científico- es una palabra que no es políticamente correcta, pues exuda moral y remite a nociones elitistas (pues no todos pueden tener «la verdad» o verdades igualmente válidas).
Y aquí radica el problema, ya que al no admitir esta visión, la educación necesariamente se ve reducida y pierde su naturaleza ideal, grandilocuente; se vuelve una mera técnica, y no una técnica del espíritu o un medio para encontrar la verdad, sino un mero instrumento.




Dificultades para decir la verdad

LAS CINCO DIFICULTADES PARA DECIR LA VERDAD | POR BERTOLT BRECHT 📖🧠⏳
El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.
I. EL VALOR DE ESCRIBIR LA VERDAD 🙌
Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.
II. LA INTELIGENCIA NECESARIA PARA DESCUBRIR LA VERDAD 🧠
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
III. EL ARTE DE HACER LA VERDAD MANEJABLE COMO ARMA 🎨
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
IV. CÓMO SABER A QUIÉN CONFIAR LA VERDAD 💬
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
V. PROCEDER CON ASTUCIA PARA DIFUNDIR LA VERDAD 💬⏳📖
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
CONCLUSIÓN ⏬⏬⏬⏬
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.
Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.
EL VALOR DE ESCRIBIR LA VERDAD ✅🧠📝 | POR BERTOLT BRECHT

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Saber cuándo dejar ir, es valorarse

BRUTAL estas palabras del actor Anthony Hopkins:
Deja ir a la gente que no está lista para amarte.
Esto es lo más difícil que tendrás que hacer en tu vida y también será lo más importante.
Deja de tener conversaciones difíciles con personas que no quieren cambiar.
Deja de aparecer para las personas que no tienen interés en tu presencia.
Sé que tu instinto es hacer todo lo posible para ganar el aprecio de los que te rodean, pero es un impulso que roba tu tiempo, energía, salud mental y física.
Cuando empiezas a luchar por una vida con alegría, interés y compromiso, no todo el mundo estará listo para seguirte a ese lugar.
Eso no significa que tengas que cambiar lo que eres, significa que debes dejar ir a las personas que no están listas para acompañarte.
Si eres excluido, insultado, olvidado o ignorado por las personas a las que les regalas tu tiempo, no te haces un favor al seguir ofreciéndoles tu energía y tu vida.
La verdad es que no eres para todo el mundo y no todos son para ti.
Esto es lo que hace tan especial cuando encuentras a personas con las que tienes amistad o amor correspondido.
Sabrás lo precioso que es porque has experimentado lo que no lo es.
Hay miles de millones de personas en este planeta y muchas de ellas las vas a encontrar a tu nivel de interés y compromiso.
Tal vez si dejas de aparecer, no te busquen.
Tal vez si dejas de intentarlo, la relación termine.
Tal vez si dejas de enviar mensajes, tu teléfono permanecerá oscuro durante semanas.
Eso no significa que arruinaste la relación, significa que lo único que la sostenía era la energía que solo tú dabas para mantenerla.
Eso no es amor, es apego.
Es dar una oportunidad a quien no lo merece!
Tú mereces mucho más.
Lo más valioso que tienes en tu vida es tu tiempo y energía, ya que ambos son limitados.
A las personas y cosas que le des tu tiempo y energía, definirá tu existencia.
Cuando te das cuenta de esto empiezas a entender por qué estás tan ansioso cuando pasas tiempo con personas, actividades o espacios que no te convienen y no deben estar cerca de ti.
Empezarás a darte cuenta que lo más importante que puedes hacer por ti mismo y por todos los que te rodean, es proteger tu energía más ferozmente que cualquier otra cosa.
Haz de tu vida un refugio seguro, en el que solo se permiten personas “compatibles” contigo.
No eres responsable de salvar a nadie.
No eres responsable de convencerles de mejorar.
No es tu trabajo existir para la gente y darles tu vida!
Te mereces amistades reales, compromisos verdaderos y un amor completo con personas saludables y prósperas.
La decisión de tomar distancia con personas nocivas, te dará el amor, la estima, la felicidad y la protección que te mereces.

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¿Victimas o victimarios?

Pensando que no tenemos méritos propios ya que todo está construido… reglas predeterminadas, leyes hechas a propósito para satisfacer intereses particulares, organismos hechos a beneficio de pocos, incluyendo los autónomos. Absolutamente todas las instituciones están corruptas (no me gusta decir eso, pero, revise a su alrededor) Somos nosotros mismos, ¿o son nuestros propios males? ¿O estamos a tiempo de controlar toda esta situación social autodestructiva que hemos construido? Nos hemos convertido en seres, violentos, despiadados, controladores, abusadores, jugando con las leyes y con tecnicismos, sin arbitrariedad para condenar eficientemente, al más desvalido. Esto pudiera parecer como, que el pulmón le pidiera oxígeno al cerebro a través de la nariz y la orden fuera que aspire una bocanada de aire y parte del cerebro entrará en discusión por el simple hecho que no le da la gana cumplir con el pulmón, y así disminuir la cantidad de salud que demanda ese cuerpo. ¿A dónde va la catástrofe mundial?

Hace unos 20 años, no era imaginable un video conferencia o una operación de corazón abierto a distancia, o impensable una modificación genética.

¿Existía la industria con principios humanos y con dirección altruista… o solo era la narrativa del momento?…

¿La tierra es la herencia de la humanidad?… O por qué nos quitan los ríos, lagos, mares y desequilibramos el ecosistema con recursos finitos?

Tenemos la capacidad de llevar un cohete; tripulación y llegar al destino, aterrizarlo y traerlo de regreso a la tierra, ¿pero no tenemos capacidad de producir compasión? ¿Podemos construir súper carreteras, pero no podemos alimentar la población con hambre? podemos hacer trasplantes de riñón, de corazón, de hígado, pero no podemos cambiar la conciencia y su crisis de avaricia.

Cuando un hijo hace una travesura y alguien más observa que esa travesura fue una conducta muy inapropiada, rápidamente se vincula a los padres de este hijo, por la enseñanza, de los padres, no por la conducta del hijo, si la sociedad fuera ese hijo tendríamos necesariamente que hablar de nuestros padres, quienes no han hecho su mejor esfuerzo y que no han tomado conciencia de lo que dejaron de hacer, o lo que hicieron mal, o sería el problema del hijo que representa el presente de esta sociedad?…

¿A dónde podremos ir? …

¿A dónde podremos escapar?…

¿Dirán los amigos más golpeados por la hambruna, a donde iremos a alimentar a nuestros hijos?

Estamos seguros de que los marginados en las periferias del mundo no tienen la capacidad de escapar de la muerte, que acecha al menos capacitado…

¿Dónde están nuestros…discapacitados en este escenario? ¿O son meros productos de consumo de las cadenas de televisión o de las empresas de comida rápida? Y ahora de los monopolios de las redes sociales.

Mark Fisher (autor del libro Realismo capitalista) que dice: “es más fácil pensar en el fin del mundo que en el fin del capitalismo”. Podríamos hacer las preguntas más profundas y tener respuestas superficiales que indignan a las necesidades más urgentes de la humanidad, existen preguntas profundas que requieren de un despertar de la conciencia y asimilar que tenemos recursos finitos no infinitos, que los planes que propusieron nuestros padres fallaron que no están acorde a las capacidades terrestres, que para cumplir esos objetivos necesariamente requieren de 7 planetas y miles de años para cumplirse.

Jodorowsky : “estaremos aprendiendo a volar dentro de una

jaula”.

Krishnamurti : “ el problema de la humanidad es una crisis en la conciencia”.

Posdata.:

Despiértenme, que con esta lluvia de invierno turbulento y la devastadora violencia que nos hacemos, los unos a los otros, no se aguanta más está pesadilla.

Carlos Herrera

Filosofía terapéutica


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El capitalismo y la desigualdad

DE CÓMO EL CAPITALISMO GENERA DESIGUALDAD 👩👨
El Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus constata las fracturas del capitalismo y vislumbra un nuevo sistema económico emergente en su libro ‘Un mundo de tres ceros’ (Paidós): pobreza cero, desempleo cero y cero emisiones netas de carbono.
Muchos rasgos específicos del paisaje financiero y político de nuestros días han contribuido a la concentración de la riqueza. Pero lo cierto es que la concentración de la riqueza constituye, básicamente, un proceso incesante y prácticamente inevitable en el sistema económico actual. Contrariamente a la creencia popular, los más ricos no son necesariamente unos malvados manipuladores que han amañado el sistema mediante el soborno o la corrupción. En realidad, el sistema capitalista actual opera en su favor. La riqueza actúa como un imán; y el imán más grande atrae de forma natural a los más pequeños.
Así es como está construido el sistema económico imperante en nuestro mundo. Y la mayoría de la gente otorga su apoyo tácito a este sistema. La gente envidia a las personas muy ricas, pero normalmente no las ataca.
En cambio, a los pobres, carentes de imán, les resulta difícil atraer algo hacia ellos. Las fuerzas unidireccionales de la concentración de riqueza continúan modificando el gráfico de la riqueza, convirtiéndolo en un muro que se eleva hacia el cielo en el porcentaje más alto de la escala de la riqueza, en tanto que las columnas que representan al resto de la población apenas se elevan sobre el suelo. Una estructura como esta resulta insostenible. Tanto social como políticamente es una bomba de relojería, que en su momento destruirá todo cuanto hemos creado a lo largo de los años. Sin embargo, se trata de una realidad aterradora que ha cobrado forma en nuestro entorno, mientras estábamos atareados con nuestras vidas cotidianas, ignorando las señales de advertencia.
«La visión neoclásica del capitalismo no ofrece solución alguna a los problemas actuales» 👁🌎
[…] Desde que apareció el capitalismo moderno hace unos doscientos cincuenta años, la concepción del libre mercado como un regulador natural de la riqueza se ha aceptado de forma generalizada.

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¿Qué es más importante: el amor o la verdad?

ESTE FILÓSOFO MORALISTA LO EXPLICA

03/09/2018

LA ELECCIÓN ENTRE AMOR O VERDAD PUEDE SER MENOS EVIDENTE DE LO QUE PARECE; VLADIMIR JANKÉLÉVITCH, FILÓSOFO DE LA RESISTENCIA FRANCESA, LO EXPLICA

La moral suele tener una reputación dividida, como todo aquello que el ser humano llega a tomarse demasiado en serio.

Por un lado, hay quienes le otorgan más importancia de la necesaria y hacen de las reglas morales una prisión para el pensamiento y la conducta, una frontera infranqueable para la libertad y, a fin de cuentas, un dique que intenta contener el impulso natural de la vida. En el otro extremo encontramos a quienes aborrecen la moral, no importa cuál sea, y desde ese radicalismo sueñan con una existencia capaz de desarrollarse sin principios morales ni normas de ningún tipo.

En ambas posiciones se advierte ya la dimensión del problema. El ser humano es, naturalmente, un ser social, que convive siempre con otros, lo cual eventualmente genera conflictos. En esto no es diferente de otros animales. En nuestro caso, sin embargo, como seres conscientes, los problemas derivados de la coexistencia con nuestros semejantes son de otro orden. Quizá peleamos también por alimento y espacio, por cuestiones de mera supervivencia, pero evolutiva y culturalmente aprendimos a resolver dichos conflictos de maneras distintas a matarnos entre nosotros (o al menos, esa es la idea).

La moral nació de la observación y el estudio de dicha convivencia. Su campo es por definición amplia, pues lo mismo apela a la individualidad que a la colectividad, a los comportamientos personales que a las decisiones públicas.

En ese sentido puede decirse, entonces, que la moral es necesaria.

Si la moral nos insta a reflexionar sobre nuestros actos, a ponderarlos, a entenderlos en el marco de nuestra subjetividad, nuestra cultura, nuestra historia de vida y el momento histórico en que nos encontramos (porque todo ello está presente en lo que hacemos) entonces actuar moralmente es una forma de actuar conscientemente, haciendo uso del entendimiento y el juicio, y no sólo impulsados ​​por nuestros instintos, o en la pasividad de quien permite que circunstancias inconscientes o exteriores lo controlen y tomen el lugar de su propia razón.

La moral se nos presenta, así, como una capacidad en desarrollo constante que nos insta a reflexionar sobre la manera en que actuamos y sobre las mejores formas de hacerlo en el marco de nuestra convivencia con otros.

En esta ocasión comentamos una breve exposición de Vladimir Jankélévitch, filósofo de origen francés que destacó especialmente en la reflexión moral. En buena medida, sus circunstancias personales lo llevaron a dicho ámbito. Hijo de un médico ruso que huyó de la persecución de los pogroms contra los judíos y que tradujo por primera vez textos de Freud al francés, Jankélévitch (1903-1985) encontró pronto su vocación. Fue siempre un filósofo que alimentó la reflexión de su propia existencia, que mantuvo cerca de otra para hacer de la filosofía un quehacer vital, floreciente.

Jankélévitch estuvieron clandestinamente en el sur de Francia durante los años de la ocupación nazi, distribuyendo panfletos que incitaban a la resistencia y ocultando refugiados en su casa. A su parecer, eso significaba entonces actuar moralmente: comprometerse con una acción y con una causa, y no solamente recorrer el país dando conferencias, como hizo en ese tiempo Jean-Paul Sartre.

Cuando la ocupación terminó, Jankélévitch recuperó el puesto de profesor que el régimen le había quitado. En 1968 se declaró “en cuerpo y alma” a favor del movimiento estudiantil y poco después, en 1970, fue junto con Jacques Derrida uno de los principales defensores de la filosofía ante las autoridades de la Sorbona, quienes buscaban retirar la materia del programa del liceo francés.

En varios sentidos, Jankélévitch encarnó la consigna nieztschena según la cual un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo.

En el video que compartimos a continuación, Jankélévitch expone brevemente pero sustancialmente una cuestión muy precisa con importantes efectos morales: ¿qué es más importante, el amor o la verdad? Conforme responde a la pregunta, el filósofo deriva otras cuestiones que también tienen un efecto potencial en nuestro actuar cotidiano. Por ejemplo, si virtudes como la sinceridad o la honestidad necesitan del amor para ejercerse, o si hay momentos en que mentir es preferible a decir la verdad (por increíble que esto parezca).

Sí: el amor es más verdadero que la verdad. No sé si lo dije, pero me parece muy justo decir que el amor es más importante que la sinceridad, por ejemplo. ¿Qué es la sinceridad sin el amor? Eso no vale para nada. Más vale ser una hipócrita, entonces. El amor da valor a todas las virtudes. Sin amor, la virtud no es más que “címbalo que retiñe”, como dice el apóstol. Es el amor el que las vivifica: sin amor las virtudes no son nada. El amor no es, entonces, extraño a la verdad. Yo diría incluso que se trata de una “sobre-verdad”, es el fundamento de la verdad. Es “sobre verdadero”, si es que puede decirse así.

De ahí que la sinceridad por sí misma no valga nada y que aquellos que la predican independientemente del amor se empecinen en ni siquiera mencionarlo (como Kant, que es un teórico del desinterés, o San Agustín, con quien Kant estaba enteramente de acuerdo). ¿Qué es esa sinceridad? Es como ser sincero con la Gestapo.

por ejemplo.

Si yo escondo a alguien de la Resistencia en un armario y alguien de la Gestapo me pregunta si está ahí y yo respondo: “Sí, está ahí”, porque esa es la verdad, ¿Qué soy yo? Soy un canalla. Mi deber más sagrado es mentir. La mentira, entonces, desde ese punto de vista, es más preciosa que la verdad o que la sinceridad, es más importante que una verdad más profunda, más general, que va más allá.

Decir una verdad puntual porque es la verdad, como las personas que dicen verdades brutales, es mentir. Yo pienso que con esas personas, la mentira es un deber.

Para cerrar este comentario agregamos una nota al margen al respecto de la frase “Sin amor, la virtud no es más que ‘címbalo que retiñe’, como dice el apóstol”. Jankélévitch alude aquí a un fragmento de la Primera epístola a los corintios de San Pablo, el capítulo 13, que en ocasiones ha sido acompañado del subtítulo “Del amor verdadero”. En esos versículos, San Pablo ofrece una bella exposición del amor según la doctrina cristiana, entendido a partir del dogma de que Dios amó tanto al mundo, que envió a su hijo único para salvarlo (Juan, III: 16). Para el cristianismo, esa esa la forma perfecta de amor, que sirve de ejemplo a nuestras propias acciones: un amor total, completamente desinteresado y devoto. Citamos el capítulo in extenso, por considerarlo de relevancia para esta nota.

Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!

Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover montañas.

Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo. De nada me sirve dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás.

El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.

El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie.

No es orgulloso.

No es grosero ni egoísta.

No se enoja por cualquier cosa.

No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.

No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad.

El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.

Sólo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni sea necesario conocer los planes secretos de Dios. Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto. Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará.

Alguna vez fui niño. Y mi modo de hablar, mi modo de entender las cosas, y mi manera de pensar eran los de un niño. Pero ahora soy una persona adulta, y todo eso lo he dejado atrás.

Ahora conocemos a Dios de manera no muy clara, como cuando vemos nuestra imagen reflejada en un espejo a oscuras. Pero, cuando todo sea perfecto, veremos a Dios cara a cara. Ahora lo conozco de manera imperfecta; pero cuando todo sea perfecto, podré conocerlo como él me conoce a mí.

Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor.

Ofrecemos la versión del pasaje en lenguaje actual. En otras traducciones la palabra “amor” ha sido traducida por “caridad”, esta última, ampliamente discutida en la teología cristiana incluso desde tiempos de San Pablo, quien en repetidas ocasiones habla más bien del “ágape” (αγάπη), la forma de amor más elevada según la filosofía griega, amor altruista y comprensivo (y diferente a la philia, por ejemplo, el amor de la amistad, o de eros, el amor sexual, más bien egoísta y exclusivo).

San Pablo entendió, sintetizó y predicó la consigna del mandamiento de Jesús, “amaos los unos a los otros como yo los he amado”, bajo la forma del “ágape”, que a su vez fue convertida en latín como “caridad” y en versiones más recientes o simplificadas de la Biblia, como vemos, ha vuelto a la sencillez del término “amor”, tan elemental y al mismo tiempo tan significativo.

A fin de cuentas, siguiendo parcialmente a Jankélévitch, podemos decir que para encontrar la verdad no hacen falta términos muy elevados o complejos, sino simplemente amar la vida de tal modo que nuestras acciones y decisiones nos conduzcan a la verdad.


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Las drogas

¿Qué son las drogas? 

Las drogas son sustancias químicas que modifican el funcionamiento de nuestro cuerpo. Algunas son medicamentos que ayudan a la gente cuando los médicos se los recetan. Pero muchas de ellas carecen de utilidad médica.
Cuando se toman (generalmente tragándolas, inhalándolas o inyectándoselas), las drogas encuentran la forma de llegar al torrente sanguíneo. Desde allí, llegan al cerebro y a otras partes del cuerpo. En el cerebro, las drogas pueden intensificar o bien adormecer los sentidos, modificar el nivel de alerta de la persona y, a veces, reducir el dolor físico.
Por la forma en que las drogas actúan en el cerebro, repercuten negativamente en la capacidad de tomar decisiones acertadas y de hacer elecciones saludables. Hasta beber alcohol hace que la gente se implique en situaciones peligrosas, como conducir bajo sus efectos o mantener relaciones sexuales sin protección.
Aunque las drogas pueden hacerte sentir bien al principio, te pueden provocar daños importantes en el cuerpo y en el cerebro. Beber alcohol, fumar o mascar tabaco, consumir drogas ilegales y hasta esnifar pegamento son actividades que dañan el cuerpo humano.

Teorías de las drogas

LAS DROGAS NO CAUSAN LAS ADICCIONES, ESTO ES LO QUE LAS CAUSA.
La verdadera naturaleza de las adicciones, en el cual resume los resultados de una investigación que documenta en su libro Chasing The Scream: The First And Last Days of the War on Drugs. Es importante porque intentando entender qué es lo que llevó a seres queridos al abismo de la adicción y estudiando el problema en su aspecto político, Hari propone que debemos de cambiar la narrativa de lo que nos contamos que son las adicciones y por qué debemos combatir las drogas.
Cuando nos hacemos la pregunta de qué causa la adicción a las drogas, la respuesta parecería evidente: las drogas, obviamente. Pero no es tan sencillo. Hari cuenta cómo hemos llegado a pensar esto:
Una de las formas en que esta teoría se estableció por primera vez fue mediante experimentos de ratas, que se inyectaron en la mente de los americanos en la década de los 80 con una famosa publicidad de Partnership for a Drug-Free America. Puede que os acordéis. El experimento es simple. Pon una rata en una jaula con dos botellas de agua. Una sólo con agua. La otra con heroína o cocaína diluida. Casi todas las veces que lleves a cabo este experimento, la rata se obsesionará con el agua con droga y volverá a por más hasta que muera.
El anuncio explica: “Una sola droga es tan adictiva que nueve de cada 10 ratas de laboratorio la consumirán. Cada vez más. Hasta la muerte. Se llama cocaína. Y puede hacerte lo mismo a ti”.
Pero este experimento, además del alarmismo con el que se reporta, tiene una falla. Y es que la rata está sola en la jaula, se sustrae el medio ambiente y su nivel de conexión con el mismo; se coloca a la droga en un monocentrismo, sin el mundo. Una versión más refinada de este experimento realizado por Bruce Alexander revela la influencia del mundo que nos rodea:
¿Qué ocurriría, se preguntaba, si se intentara de otra manera? Entonces, el profesor construyó un parque para ratas (Rat Park). Se trata de una jaula de diversión en la que las ratas tenían pelotas de colores y la mejor comida para ratas y túneles para corretear y muchos amigos: todo lo que una rata querría. Alexander quería saber qué ocurriría.
Este “Rat Park” evidentemente intenta emular un entorno rico y estimulante (el abrigo de una sociedad y una ciudad). Los resultados mostraron, cuenta Hari, que las ratas incrustadas en este entorno más sano: “En general, evitaban beberla y consumían menos de 1/4 de las drogas que tomaban las ratas aisladas. Ninguna murió. Mientras que las ratas que estaban solas e infelices se hicieron adictas, no le ocurrió lo mismo a ninguna de las que vivía en un entorno feliz”.
En el caso de los humanos, consumir una droga sin un contexto de aislamiento físico y/o emocional no parece ser una causa de adicción. Decenas de miles de personas consumen diamorfina en el hospital y luego salen a la calle, regresan a sus empleos y a sus familias y no sienten la necesidad de consumir este poderoso opioide. Muchos enfermos incluso toman opioides por meses y logran dejar estas drogas sin atravesar una etapa de recesión y depresión.
Johann Hari llega así a la idea de que lo causa las adicciones es la falta de conexiones humanas profundas y significativas (no la parodia de las conexiones que vivimos en las redes sociales). Las drogas reemplazan estas conexiones y esta falta de significado. El profesor Peter Cohen plantea cambiar el término “adicción” para hablar de “apego”.
A la luz de esto, la guerra contra las drogas resulta absurda, tiene de raíz un contrasentido.

Texto de Hari-Drogas

Escribe Hari:
Esta guerra masiva que, como he visto, mata a gente desde México a Liverpool, está basada en la afirmación de que necesitamos erradicar físicamente un montón de sustancias químicas que interceptan el cerebro de la gente y provocan adicción. Pero si las drogas no son la causa de la adicción -si, en realidad, es el desapego lo que la provoca, vuelve a resultar incomprensible.
Las alternativas abundan; sólo pensemos en toda la energía y el dinero que usamos para luchar contra las drogas y condenar a las personas que las usan y lo que puede hacer  si dirigimos esos recursos de manera imaginativa a otro tipo de iniciativas. Un caso notable es del de Portugal. Lo que hicieron los portugueses es muy sencillo pero poderoso. Teniendo un alto índice de adicción a la heroína (1% de la población total), Portugal decidió despenalizar las drogas y redirigir todos los recursos que gastaban en arrestar y encarcelar a los adictos y emplearlo en reinsertarlos en la sociedad, darles trabajo y ver por ellos.  En otras palabras, fortalecer su conexión con la comunidad, darle sentido a su vida. Después de casi 15 años de adoptar la medida existe consenso sobre el éxito de la misma: se redujo 50% el uso de drogas inyectadas.
Ahora bien, si las drogas no causan las adicciones, ¿por qué las drogas son también lo más efectivo para combatir las adicciones?. Un estudio publicado en el Journal of Psychopharmacology mostró que la psilocibina (el ingrediente activo de los hongos mágicos) tiene un altísimo porcentaje para eliminar la adicción al tabaco (un 80% de efectividad). La ibogaína y la ayahuasca, por otro lado, han demostrado ser efectivas para tratar el alcoholismo y la adicción a la cocaína. Aquí ocurre como con las ratas: si cambias la jaula, la mente, entonces las drogas que hacen tan adictos ya no tienen ese efecto. Justamente sustancias como los hongos y la ayahuasca proveen experiencias que dan sentido a la existencia y conectan a las personas con la naturaleza y sobre todo, con ellas mismas. La mayoría de los problemas de salud son problemas de significado, un significado que suelen dar los otros, las personas cercanas que queremos o una misión de vida.

Busca ayuda

Si crees que tú, o un amigo tuyo, pueden ser adictos a las drogas, habla con uno de tus padres, tu médico, tu orientador escolar o el personal de la enfermería de tu centro de estudios. Ellos te pueden ayudar a recibir la ayuda que necesitas.
Existen varios tipos de tratamiento para superar una adicción a las drogas. Los dos tipos principales son el tratamiento conductual (ayudar a la persona a modificar su conducta) y el tratamiento farmacológico (tratar a la persona con medicamentos).
Los expertos en el tratamiento de la adicción a las drogas enseñan a la gente a vivir sin drogas: cómo afrontar sus ansias de consumo, cómo evitar situaciones que favorecen el consumo y cómo prevenir y manejar las recaídas.
Puede ser difícil superar una adicción a las drogas sin tratamiento ni ayuda profesional. Lleva su tiempo y no es algo que se puedas hacer solo: todo el mundo necesita ayuda y apoyo. Los expertos que ayudan a personas con adicciones están formados para ofrecer ayuda, no para juzgar a sus pacientes. Para encontrar un centro de tratamiento para las adicciones a las drogas en tu zona, busca en Internet, en el localizador de tratamientos de la SAMHSA (Administración de Salud Mental y Abuso de Sustancias) de EE. UU., o pide ayuda a tu médico o a tu terapeuta.

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44 cartas desde el mundo líquido, por Zygmunt Bauman

Un mundo líquido para Bauman se refiere a un mundo cambiante y absorbente, que tiene la facilidad de atraernos y mantenernos en un estado constante de irracionalidad y pérdida de tiempo atesorando lo que no se debe.
El libro 44 cartas desde el mundo líquido presenta cuarenta y cuatro relatos que conforman el pensamiento del autor, donde se hace una reflexión profunda acerca de diversos temas que tienen que ver con los cambios que se han producido en el mundo los últimos años, y la magnitud de dichos cambios.

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Crítica de la razón pura, por Immanuel Kant

La filosofía a través de la historia ha sufrido muchos cambios, a medida que el ser humano se vuelve más pensador, la filosofía cambia; ya que no es más que una colección de pensamientos de un autor acerca de las cosas de la vida, es un entendimiento adquirido donde la razón es la herramienta principal para conseguir el conocimiento.
Antes de Kant la filosofía era concebida a partir del objeto, allí era donde se encontraba la fuente del conocimiento, pero Kant hace un cambio, desarrollando en su libro Crítica de la razón pura al sujeto como fuente de conocimiento y no el objeto, dando un papel importante a la experiencia, ya que sin ella el ser humano solo vive de ilusiones.

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